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La
cancillera Angela Merkel obtuvo una victoria histórica en las elecciones
generales en Alemania, el 22 de septiembre, al emular con un tercer mandato a
los dos gigantes de la política alemana, también cristiano-demócratas, Konrad
Adenauer y Helmut Kohl, que sacaron al país, respectivamente, de las ruinas de
la Segunda Guerra Mundial y del enorme desafío de la reunificación. La
triunfadora, además, estuvo muy cerca de alcanzar la mayoría absoluta de
escaños en el Bundestag o cámara baja del Parlamento, un resultado que no se
materializa desde que Adenauer, al culminar el milagro económico, fue reelegido
en 1957 tras el ingreso en la OTAN (1955) y la firma del tratado de Roma (1957)
que creó el Mercado Común.

 

 

Angela
Merkel celebrando la victoria

MIRADA HACIA EL CIELOmerkel1,EN SUS MANOS EL TIMÓN DEL BARCO EUROPEO.-

MIRADA HACIA EL CIELOmerkel1,EN SUS MANOS EL TIMÓN DEL BARCO EUROPEO.-

 

Merkel
probablemente pasará también a la historia como la salvadora del euro del
abismo a que se aproximó con la crisis aparentemente terminal iniciada en 2008,
también llamada crisis de la deuda. Aunque vituperada demagógicamente por la
izquierda de algunos países en graves dificultades, a los que forzó a una
imprescindible cura de austeridad, la cancillera supo imponer un nuevo ritmo a
la economía de su país que le permitió superar la peor situación
económico-financiera desde 1945. “Alemania sale de la crisis más fuerte de lo
que era”, repitió una y otra vez la que pasa por ser la mujer más poderosa del
mundo.

 

Desoyendo el
clamor de la opinión pública alemana y sorteando las reticencias tanto de su
partido como de sus aliados bávaros, la cancillera impidió por dos veces la
bancarrota de Grecia y su salida del euro, cuando se daban por descontadas;
promovió los rescates multimillonarios de Portugal e Irlanda e impulsó las
medidas necesarias, a través del Banco Central Europeo (BCE), del que Alemania
es el máximo accionista, para que España e Italia no se despeñaran por el
precipicio de la llamada prima de riesgo. Las contrapartidas fueron las
reformas estructurales y el rigor presupuestario que no tuvieron más remedio
que aceptar los países meridionales de Europa, aunque los aplicaron a
regañadientes o con excesiva parsimonia.

 

El triunfo
personal de Merkel, de 59 años, llevó a las fuerzas del centro-derecha, la
Unión Cristiano Demócrata (CDU) y su partido hermano, la Unión Social Cristiana
(CSU), de Baviera, la región más poderosa del país, a obtener el 41,5 % de los
votos, casi 8 puntos más que en 2009, y 311 escaños, a sólo 5 de la mayoría
absoluta de los 630 con que cuenta el Bundestag, unos resultados que no
alcanzaban desde la reunificación de 1990 bajo la batuta de Helmut Kohl, el
patrón y maestro de la entonces joven Merkel recién llegada desde más allá del
muro derrumbado.

 

En segundo
lugar llegó el Partido Socialdemócrata (SPD), dirigido por Peer Steinbrück, con
el 25,7 % de los sufragios (192 escaños), con una mejora de 2,7 %, pero muy
cerca de los mínimos históricos sufridos en las elecciones de 2009. De poco
sirvió la campaña agresiva, los gestos inconvenientes del candidato
desorientado o gruñón y la amenaza reiterativa de los medios afines sobre una
mayoría alternativa de izquierdas (SPD+Verdes+La Izquierda) que, a juzgar por
los resultados, sólo existía en la imaginación propagandística de sus
promotores. El SPD, a 16 puntos de su rival, se encuentra en un declive
histórico porque carece de ideas realmente innovadoras en el marco de una
sociedad fuertemente conservadora y relativamente satisfecha. “No hemos
obtenido el resultado que deseábamos”, reconoció Steinbrück en la noche
electoral, en declaraciones a la prensa.

 

Todos los
demás partidos aguantaron mal los embates de la marea templada pero
irresistible  de la cancillera. Su aliado en la coalición gubernamental,
el Partido Liberal Demócrata (FDP), obtuvo el peor resultado desde el
nacimiento de la República Federal en 1949, con el 4,8 % de los sufragios, lo
que entraña su desaparición del Parlamento por no haber logrado el 5 %
preceptivo para obtener representación. El FDP, sinónimo de partido bisagra
(participó en 17 de los 22 gobiernos desde 1949), aliado tradicional de la CDU,
pero también del SPD, paga con esta humillante derrota tanto su progresiva
delicuescencia ideológica como su oportunismo, sin olvidar los más recientes
escándalos. Su presidente y vicecanciller en el gobierno saliente, Philipp
Rösler, se apresuró a presentar la dimisión.

 

Los Verdes
retrocedieron 2,3 puntos, hasta el 8,4 % de los votos (63 escaños), luego de
que Merkel les arrebatara su principal motivo de propaganda al decretar el fin
de la energía nuclear civil, pero igualmente víctimas de una campaña electoral
muy mal planteada y de una agria polémica sobre su pasada tolerancia y
ambigüedad hacia las relaciones sexuales consentidas con menores de edad. Die
Linke (La Izquierda), una coalición heteróclita de ex comunista y radicales,
con sus partidarios concentrados en los Länder orientales, retrocedió más de 3
puntos para quedar reducida al 8,6 % de los sufragios (64 escaños).

 

Alternativa
por Alemania (AfD), dirigido por el economista Bernd Lucke, un nuevo partido
derechista y euroescéptico, con algún predicamento en los círculos académicos y
jurídicos, que preconiza el abandono del euro por parte de los países díscolos
o indisciplinados, obtuvo el 4,7 de los sufragios, por lo que quedó a 3 décimas
de su entrada en el Bundestag. “El ordenado desmantelamiento de la eurozona”,
la Europa de varias velocidades que aparecía nítidamente dibujada en su ruidosa
retórica electoral tendrá que esperar nuevas tormentas. La AfD arrebató votos
tanto a la CDU como a los liberales.

 

(Todos los
datos electorales son provisionales).

 

Tras
celebrar su sonado triunfo, Merkel está en condiciones de elegir pareja para
una amplia coalición gubernamental que garantice una cómoda mayoría en el Bundestag.
Cualquiera que sea el acompañante, lo será en una posición claramente
subordinada. La nueva emperatriz de Europa, la Mutti (mamá o matriarca)
de los alemanes, con memoria de elefante y obsesión por los detalles, rigurosa
en la gestión, quizá debido a su formación religiosa (hija de un pastor
luterano) y científica (doctora en Física), supo interpretar con eficacia su
papel de directora del consenso que tanto encandila a la mayoría de sus
compatriotas.

 

La
cancillera no tiene empacho en elogiar los logros de sus adversarios (la
reforma del mercado laboral del socialdemócrata Schröder en 2003, como ejemplo
más claro), en asumir la moratoria nuclear propugnada por los Verdes o en
prometer alguna fórmula de “salario mínimo” que deje sin munición a la izquierda.
En nombre del intervencionismo y de la paz social que tanto preocupa en Berlín,
sin duda para eludir los malos recuerdos, la agitación desmedida que preludió
el ascenso del nazismo. Ejerce el poder con sobriedad e inspira confianza, como
apostilla el popular Bild: “Es una victoria fenomenal para la mujer en
quien confían la mayoría de los alemanes.” “Reina de Alemania y de Europa”,
dice el circunspecto Der Spiegel.

 

Un cronista
del New York Times, Roger Cohen, asegura que Merkel ha resuelto el
problema planteado por Henry Kissinger, cuando era secretario de Estado
norteamericano y preguntó sarcásticamente por “el teléfono de Europa”. No
existía un interlocutor fiable. Ahora existen pocas dudas de que ese teléfono
está instalado en la cancillería de Berlín y que la cancillera lo manejará con
su habitual discreción. No parece abrigar ambiciones hegemónicas, pero está
persuadida de que el modelo alemán puede exportarse y prosperar en otras
latitudes. Nadie está seguro de que así vaya a ocurrir.

 

Aunque la
prensa socialdemócrata la califica sistemáticamente de “conservadora”, con
retintín, la cancillera puede presumir de haber alcanzado ese lugar
electoralmente envidiable, ideológicamente ambiguo y físicamente inestable,
denominado “centro político”, desde el que irradian el rigor luterano, el
pragmatismo, la inclinación por el capitalismo social que inspiró la
trayectoria de la democracia cristiana organizada por el católico Adenauer y un
cada día más mitigado europeísmo. Una avezada política que prefiere el gradualismo
a las reformas espectaculares, que observa detenidamente y prueba cada solución
antes de pasar al siguiente problema. “Una mujer para dirigirlos a todos”,
concluye The Economist. No estaría de más indagar si asistimos a la
consagración de un vaticino de los años 70 del pasado siglo: el fin de las
ideologías.

 

Un
país de éxitos y consensos

 

Tras la gran
catástrofe de 1945, Alemania ha sido un país de éxitos y, sobre todo, de
grandes proezas económicas, primero como República Federal (1949-1990), firmemente
anclada en Occidente, frontera de la guerra fría, catapultada por el Plan
Marshall y el capitalismo social, y luego como Estado reunificado tras la
dramática experiencia del muro, los tanques soviéticos y las alambradas. Ahora
parece que se repliega sobre sí misma, alérgica a cualquier aventura exterior,
pacifista, neutralista, ecológica y antinuclear, frenada o apaciguada por el
consenso; pero tampoco acaba de volcar su exceso de energía en la empresa de
acelerar la integración europea. Los alemanes se presentan tan europeos como
siempre, mas sin entusiasmo; menos simpáticos y compasivos que hace unos años.

 

La Alemania
de Angela Merkel está cómoda en su papel de gigante económico, segura de si
misma, dictadora del rigor y la austeridad en la eurozona, pero reticente ante
cualquier otra iniciativa susceptible de romper el statu quo. ¿Un Goliat
económico y un enano diplomático, como se decía en la época de la guerra fría?
Después de que Francia, por su oposición al rearme alemán, rechazara la creación
del ejército europeo en 1954, el Mercado Común inicial se consolidó bajo el
paraguas de la OTAN, las iniciativas políticas francesas y la locomotora
económica de la República Federal, además del buen entendimiento personal entre
el general De Gaulle y el canciller Adenauer.

 

Luego vino
la imagen emotiva del primer canciller socialdemócrata de la posguerra, Willy
Brandt, ex alcalde de Berlín occidental, fotografiado de rodillas en el gueto
de Varsovia, una genuflexión de dolor y arrepentimiento que abrió las puertas
de la distensión y contribuyó a crear las condiciones propicias para el
derrumbe del muro de la vergüenza (1989), el fin de la guerra fría y la
prodigiosa reunificación.

 

 

Willy Brandt
arrodillado en Varsovia, en 1970.

 

El
presidente Mitterrand y el canciller Helmut Kohl preservaron durante un decenio
el acuerdo esencial del que surgió la unión monetaria, culminada con el euro
como moneda fiduciaria, pese a las reticencias del primero en cuanto a la
reunificación. La Francia del socialista François Hollande mantiene actualmente
una febril actividad diplomática e incluso militar, pero el Banco Central
Europeo (BCE) reside en Fráncfort. La dualidad se mantiene retóricamente, pese
a que la locomotora franco-alemana atraviesa por una crisis profunda. París y
Berlín hace tiempo que no transmiten en la misma longitud de onda, ya se trate
de la pesadilla de la deuda periférica o de las intervenciones militares en
Libia, Malí o Siria.

 

Según todos
los indicios y las encuestas, los ciudadanos están desinteresados, como
desconectados de los problemas exteriores como jamás lo estuvieron en su
historia desde la proclamación del Imperio alemán en enero de 1871. La realidad
es mucho más compleja de lo que transmiten esos sentimientos aislacionistas,
pero los gobernantes de Berlín deben tenerlos en cuenta, no sólo para ganar
elecciones, sino para asegurarse los créditos que debe aprobar el Bundestag,
cámara baja del parlamento federal. Hasta ahora, el Tribunal Constitucional
declaró legal la contribución alemana a las ayudas decididas por el Consejo
Europeo, pero la continuidad de esa jurisprudencia no está garantizada.

 

Como señalaba
Die Zeit, el periódico de la intelligentsia editado en Hamburgo,
“el país conoce una especie de segundo milagro económico, de manera que los
ciudadanos están persuadidos de que ni siquiera las grandes turbulencias
internacionales pueden afectarles”. Las ideas del cambio e incluso del recambio
han desaparecido del debate político, quizá porque el éxito económico y un
desempleo históricamente bajo (6,8 %) funcionan como ansiolíticos luego de la
cicatriz del muro, las peripecias laboriosas de la reunificación y el vaticinio
incumplido de una nueva depresión tras la crisis de la deuda.

 

Curiosamente,
las bases del nuevo éxito económico fueron establecidas por un gobierno de
coalición del SPD con los Verdes (coalición rojo-verde), dirigido por el
canciller Gerhard Schröder, que impulsó una drástica liberalización del mercado
de trabajo en 2003, contradictoria con su filosofía socialdemócrata, pero de
reconocida solvencia. Los llamados “empleos atípicos”, de tiempo parcial,
conocidos como minijobs y midijobs, con salarios que oscilan
entre los 450 y los 850 euros, afectan a 8 millones de trabajadores, mucho de
los cuales los compaginan con otra ocupación. Se trata de empleos precarios,
pero que mantienen la población activa en torno a los 42 millones de
trabajadores, sin parangón posible en Europa.

 

El aumento
de los minijobs, en contra de algunos pronósticos pesimistas, no se
produjo en detrimento de los empleos de tiempo completo, también más numerosos
que nunca. Como señala la Frankfurter Allgemeine Zeitung, “las reformas
del ex canciller [Schröder] no sólo introdujeron la necesaria flexibilidad en
el mercado de trabajo, sino que igualmente reforzaron la moral de los
trabajadores y el sentido del esfuerzo”. Bella lección de un líder
socialdemócrata que demostró la futilidad práctica de los prejuicios
ideológicos a los que sigue aferrada gran parte de la izquierda precisamente en
los países del sur de Europa más necesitados de reformas estructurales.

 

El éxito de
Merkel en su segundo mandato, en coalición con los liberales, también se reputa
relevante. Además de haber evitado la desintegración de la eurozona, la
confianza de los ciudadanos alcanza niveles muy altos, las cuentas públicas
están en superávit y se prevé un crecimiento del 1,7 % para 2014. A diferencia
de lo que ocurre en otros países, donde la izquierda es adicta del gasto sin
freno y maneja el problema de la deuda como si fuera una simulación contable
caprichosa, la mayoría de los alemanes sin distinción de credo político cree
que las partidas del presupuesto deben cuadrar y que el déficit es una
desgracia que desemboca en la temida inflación. Hay países y fuerzas políticas
de la eurozona que confunden la austeridad con la prudencia presupuestaria y
gastan hasta el 20 % más de lo que ingresan.

 

Aunque
Europa siegue siendo una prioridad para los dos grandes partidos alemanes,
ambos descartan implícitamente un nuevo impulso en el proceso de la integración
mientras los países rezagados y endeudados no ejecuten las reformas dictadas o
sugeridas desde Berlín. Ni unión bancaria ni bonos europeos, ni mucho menos las
deudas comunes (mutualización de las deudas), nada que pueda afectar a
la envidiable salud económica germana, tan decisiva para mantener la
prosperidad en la UE, por más que sea después de que los meridionales
reticentes o indignados hayan avalado y sufrido durante los últimos cuatro años
una cura de caballo en su propensión al gasto, la deuda estratosférica y el
ánimo festivo.

 

Cuarta
economía del mundo y primera de Unión Europea (UE), Alemania es la máxima
exportadora y prestamista de la eurozona. El problema para Merkel es que las agresivas
exportaciones (el 8 % de las mundiales) son tributarias, ante todo, de la
capacidad de consumo de los europeos. Aunque la austeridad levanta ampollas en
los países endeudados, las fuerzas políticas alemanas, durante la campaña
electoral, no han hecho ningún esfuerzo para explicar a los ciudadanos que la
estabilidad política y económica depende en gran medida del acceso a los
mercados exteriores, y muy especialmente de la unión aduanera dentro de la UE.

 

Según
Euroestat, la oficina de estadísticas de la UE, las exportaciones suponen el 52
% del producto interior bruto (PIB), y sus principales clientes se encuentran
en Europa. Esto quiere decir que Berlín presta dinero a los endeudados países
meridionales o pigs (Portugal, Italia, Grecia y España) para que éstos
sigan comprando productos industriales alemanes, a condición de que acepten
unos planes draconianos de reformas estructurales y austeridad. El gobierno
alemán está convencido de que la eurozona no puede funcionar sin un mínimo de
cohesión y disciplina. Merkel podría elevar los sueldos y establecer un salario
mínimo para fomentar el consumo interno, a fin de compensar el decaimiento que
se observa en el sur de la eurozona, pero con esa medida popular correría el
riesgo de hacer menos competitivas las exportaciones.

 

Dos factores
influyen en la posición de Merkel con respecto de sus socios europeos: el
primero es de carácter ideológico-pragmático porque está convencida de que sólo
el modelo alemán de rigor y estricto control financiero puede romper el círculo
vicioso de la prodigalidad –más gastos que ingresos– que tiene maniatadas a las
economías de España, Portugal, Grecia, Italia y en parte Francia; el segundo es
la creciente reluctancia de la opinión pública alemana a seguir prestando
dinero a sus clientes más pródigos, como confirma la irrupción de un nuevo
partido, Alternativa para Alemania, conservador, xenófobo y crítico con el
monstruo de Bruselas, una opción tras la que se divisa la amenaza frustrada de
un retorno del marco.

 

La crítica
de los intelectuales

 

Una sociedad satisfecha con su
situación económica, políticamente cohesionada, inclinada hacia el consenso,
propende a la apatía, el conformismo y el aislacionismo, de manera que algunos
intelectuales se creen en la obligación de mojar la pluma en el acíbar de la
protesta. Tal es el caso de Jacob Augstein, hijo del fundador del semanario Der
Spiegel
, en el que acaba de fustigar “la parálisis que atenaza al país,

asociada al nombre de Merkel”. Era inevitable la cita del filósofo Jürgen Habermas,
el teórico del patriotismo constitucional, que ahora denuncia “el fracaso
histórico de la élite política” y advierte de que “Alemania duerme sobre un
volcán”. Un volcán imposible de divisar desde otras latitudes.

 

La verdad es
que esa crítica resuena muy semejante a la que el mismo Habermas dirigió en su
momento contra Adenauer, el canciller del primer milagro económico de
posguerra, al que acusó injustamente nada más y nada menos que de no haber roto
radicalmente con el nazismo después de haber sido una de sus víctimas. Pero hay
que tener en cuenta que el filósofo escribe desde una posición claramente
socialdemócrata, y que su pensamiento evolucionó del progresismo marxista
sedicentemente revolucionario al reformismo. Se siente incómodo, por lo tanto,
con el pragmatismo, la neutralidad y la actitud general muy poco presuntuosa y
centrista de Merkel.

 

Otro
intelectual de renombre internacional, el filósofo Peter Sloterdijk, subrayó
los principales problemas de los ciudadanos –fiscalidad, igualdad de acceso a
la educación, nivel de salarios— y que éstos, según su opinión, en encogen de
hombros en medio de la refriega política. Su conclusión decepcionante es que en
Alemania reina “un clima de tolerancia crónica”. Como si la tolerancia hubiera
dejado de ser una virtud para convertirse en un vicio.

 

Hay otros
muchos hombres de la cultura que respaldan a la CDU de Merkel, pero lo
verdaderamente significativo es que el ascenso de los euroescépticos de
Alternativa por Alemania (AfD) se explica por el respaldo de numerosos
economistas y profesores universitarios que especulan con el rechazo de
millones de ciudadanos hacia los rescates de otros países europeos con cargo al
erario público germano. Consideran que, en vez de rescatarlos, tendría que
habérseles abierto la puerta para que abandonaran el euro y pudieran recuperar
la competitividad mediante el expediente de la devaluación de su moneda
nacional.

 

Mucho más
inquietante que las opiniones de los intelectuales parecía el aumento incesante
de la abstención, que había pasado del 9 % en 1970, las elecciones en que
venció el socialdemócrata Willy Brandt, al 30 % en 2009, cuando Merkel triunfó
por segunda vez. El partido de los abstenciones, de los que abominan de la
clase política, empujados por una extraña ventolera anarquista, suscitó
críticas muy radicales en las columnas de la prensa bienpensante. El semanario Der
Spiegel
les llamó “vagos, frustrados y arrogantes”.  Pero Merkel

también venció a los abstencionistas, ya que la participación subió
ligeramente, dos puntos hasta el 72 %.

 

Con motivo
de la campaña electoral, el semanario Die Zeit llevó a cabo una encuesta
entre escritores, filósofos, artistas y universitarios, a fin de que
aconsejaran a los electores. Lo más sorprendente fue que el 58 % de los
consultados se abstuvo de dar consejos, el 14 % avaló a los conservadores de la
CDU/CSU y el 12 % se inclinó por el SPD. “Todos los abstencionistas sueñan con
mejores partidos”, como resumió el periódico esa ausencia de compromiso. Una
publicación francesa tributaria de Le MondeCourrier International
fue más expeditiva y claramente parcial en su juicio: “Los intelectuales contra
Merkel.”

 

Sin duda,
los intelectuales exageran un poco, como corresponde a su función social, pero
al leer esas diatribas contra la clase política alemana, un español como yo,
que vive en Barcelona, puede formularse amargas preguntas sobre la indolencia
suicida de la casta política que nos gobierna, incapaz de abordar con
principios, prudencia y decisión los graves problemas nacionales. ¿Qué podemos
decir y esperar los españoles de Cataluña, literalmente extraviados entre el
populismo frenético de los políticos regionales, la inopia supina y exaltada de
tantos currinches y el tancredismo del gobierno central, impasible en medio de
la tormenta?

 

Cooperación
intergubernamental frente a federalismo

 

Tras
descartar de su agenda las ambiciones geopolíticas, atrincherada detrás de “la
abstención estratégica”, como se dice en la jerga diplomática, y pese a la
insistencia de sus aliados para que Alemania adopte un mayor compromiso
internacional, Merkel dedicó todas sus energías a resolver la crisis del euro,
tan inacabada e inquietante, de manera que podemos preguntarnos: ¿Qué puede
esperar Europa del reinado de Merkel? Sus palabras fueron muy claras el día siguiente
de las elecciones: “Nuestra política europea impulsa la integración y desde el
punto de vista de la CDU no hay motivo alguno para cambiarla”, señaló Merkel en
una conferencia de prensa en Berlín.

 

Esto quiere
decir que los federalistas a ultranza, que proliferan entre la izquierda
utópica; los que suponen que esa fórmula mágica de la supranacionalidad
resolverá todos los problemas como por ensalmo, pueden esperar sentados a que
se materialicen sus sueños o se cumplan sus arbitrios. Toda esa nebulosa
especulativa o esa hipertrofia burocrática que anida en Bruselas están muy
lejos de la pragmática líder de Europa y cancillera de Alemania. Lo reconoce el
mismo Le Monde: “Esa evolución no se realizará por nuevas delegaciones
de soberanía en Bruselas.”

 

Desde luego,
Merkel no es una federalista, no comparte el fuerte sentimiento europeísta de
su predecesor, Helmut Kohl. En una entrevista, el pasado mes de agosto, anunció
que había llegado la hora de estudiar el traslado de algunos poderes de
Bruselas hacia los Estados miembros de la Unión Europea, lo que sería un viraje
crucial en la estrategia, aunque sin poner en tela de juicio sus más
importantes logros. En ese candente asunto de promover la cooperación
intergubernamental, para detener la hipertrofia de la burocracia de Bruselas,
la cancillera se muestra cercana del británico y moderadamente euroescéptico
David Cameron.

 

No parece
razonable, desde luego, que los funcionarios crezcan como hongos en Bruselas y
pretendan imponer a todos los europeos el color de la vestimenta o el peso de
las proteínas. La cancillera alemana no está lejos de pensar que la Comisión de
la UE actúa como un ejecutivo acaparador o inventor de competencias que
disparan el gasto en época de ajustes y que no respetan el sacrosanto principio
de la subsidiariedad. Durante los peores momentos de la crisis del euro, bajo
la batuta de Merkel, el jefe de la Comisión, José Manuel Barroso, quedó
subordinado a la cooperación intergubernamental orquestada desde Berlín.

 

No debe
olvidarse, sin embargo, que esa Europa alemana que se vislumbra levanta
ampollas, motiva acusaciones de crudo mercantilismo y suscita resistencias
innumerables, tanto en nombre del pasado como del porvenir. “El proceso
ineluctable de la germanización de Europa”, del que ya

 

alertaba el
francés Alain Minc a finales del pasado siglo. Por dos veces en el siglo
pasado, y de manera violenta, los alemanes trataron de forzar el destino de
Europa. Ahora la orientan en paz y sin alardes, como si desearan que no se note
su hegemonía.

 

Einheitsfeier: Gaucks Auftritt in Stuttgart

 

Es ist ein Auftrag
von höchster Stelle an die neue Bundesregierung: Deutschland solle künftig mehr
Verantwortung in Europa und der Welt übernehmen, fordert Bundespräsident Gauck
zum Tag der Einheit. Deutschland dürfe sich nicht klein machen, um Risiken und
Solidarität zu umgehen.

Stuttgart – Bundespräsident
Joachim Gauck hat ein stärkeres Engagement Deutschlands in der Weltpolitik gefordert.
“Unser Land ist keine Insel. Wir sollten uns nicht der Illusion hingeben,
wir könnten verschont bleiben von den politischen und ökonomischen, den
ökologischen und militärischen Konflikten, wenn wir uns an deren Lösung nicht
beteiligen”, sagte Gauck am Donnerstag bei der zentralen Feier zum Tag der
Deutschen Einheit in Stuttgart.

“Ich mag mir nicht
vorstellen, dass Deutschland sich groß macht, um andere zu bevormunden”,
sagte Gauck. “Ich mag mir aber genau so wenig vorstellen, dass Deutschland
sich klein macht, um Risiken und Solidarität zu umgehen. Ein Land, das sich so
als Teil eines Ganzen versteht, muss weder bei uns Deutschen auf Abwehr noch
bei den Nachbarn auf Misstrauen stoßen.”

Gaucks Worte zielen sowohl auf
Deutschlands immer wieder unentschlossene Rolle in der Euro-Krise, als auch auf
die oft zögerliche Haltung der bisherigen Bundesregierung in internationalen
Konflikten, wie etwa 2011 in Libyen oder unlängst in Syrien.

Kampf für mehr Datenschutz

Gauck sagte, da Deutschland
einen ständigen Platz im Sicherheitsrat der Vereinten Nationen anstrebe, müsse
es sich auch fragen, welche Rolle es bereit ist, bei Krisen in ferneren
Weltregionen zu spielen. “Es stellt sich tatsächlich die Frage: Entspricht
unser Engagement der Bedeutung unseres Landes?”

 

Hay una orden por la máxima autoridad del
nuevo Gobierno Federal: Presidente Gauck llamadas Alemania debe asumir más
responsabilidades en Europa y el mundo, para el día de la unidad. Alemania no
debería adoptar para evitar riesgos y la solidaridad.

Stuttgart – Presidente Federal Joachim Gauck pidió un
mayor compromiso de en Alemania en la política mundial. “Nuestro país no
es una isla. “Nos demos la
ilusión que podríamos ahorrada por los conflictos políticos y económicos,
ambientales y militares, si no contribuir a su solución”, dijo el jueves
Gauck en la celebración central del día de la unidad alemana de Stuttgart.

“No
puedo imaginar que Alemania tiene gran patrocinar a otros”, dijo Gauck.
“Me gusta imaginar pero tampoco, que Alemania es pequeña, para evitar
riesgos y la solidaridad. “Un país que se considera como parte de un todo,
debe no encuentro con nosotros los alemanes en la defensa en la desconfianza de
los vecinos.”

Gauck palabras se centran en el papel otra vez
indeciso de Alemania en la crisis del euro, así como sobre la actitud a menudo
vacilante del anterior gobierno en conflictos internacionales, como el punto
2011 en Libia o recientemente en Siria.

Lucha para más privacidad

Gauck dijo porque Alemania buscar un asiento
permanente en el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, debe también
preguntar qué papel está dispuesto a jugar en las crisis en las regiones
distantes del mundo. “De hecho se plantea la cuestión: es nuestro
compromiso con la importancia de nuestro país?”

El
presidente habló el pasado alemán con el régimen Nazi y el Holocausto, que
forma otra vez el debate sobre el papel del país en el mundo. ¿Hace unas
semanas fue confrontado en una visita a Francia con la pregunta:
“recordamos a los alemanes por lo tanto tan intensamente en nuestro
pasado, porque estamos buscando una excusa para evitar problemas y conflictos
en el mundo de hoy? Dejamos nuestra póliza de seguros pagar otros?”

Gauck dijo que la revolución digital en su discurso
que ruedan tan fundamental para la empresa una vez la imprenta o la máquina de
vapor. Privacidad, “una vez que lucharon contra el estado de nuestros
antepasados y se buscó defender aquello en sistemas totalitarios contra
conformidad y Gesinnungsschnüffelei” Vete de aquí. En el futuro, la política
de privacidad para la preservación de la intimidad debe ser tan importante como
la protección del medio ambiente para la preservación de los medios de
subsistencia. “Queremos aprovechar las ventajas del mundo digital, pero
mejor protegernos contra sus desventajas”.

Como el tercer tema, Gauck dedicado cambio
demográfico. Mientras él exigió de la política, tareas importantes como la
ampliación de la atención temprana, para abordar la mejora de los sistemas de
atención y la modernización de la política de inmigración.

 

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